Naming: ¿Qué fue antes? ¿El nombre o el logo?
Comunicación
En el proceso de realizar un ejercicio de naming para tu empresa tenemos algo claro: El nombre es uno de los elementos de marketing más importantes de una marca. Y, a la vez, una de las principales fuentes de inspiración para crear su identidad visual.
Sí. A ti también te ha pasado 🙂
Al leer la pregunta que da título a este post, te ha venido a la cabeza -como a mí-, la eterna incógnita: ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Pero como no estamos aquí para dilucidar el sentido del Universo y todo lo demás, es mejor que nos centremos en lo nuestro:
¿Por dónde empiezo para crear mi marca? ¿Por el nombre? ¿Por el logo? Sigue leyendo y quizá podamos solucionar alguna de esas dudas 🙂
Frente a la controversia que causa lo del huevo y la gallina y las opiniones varias que hay al respecto, en el caso que nos ocupa, el del naming, parece que todo está más claro.
Hay una voz unánime que grita muy alto que, para hacer bien las cosas, la elección del nombre de una empresa nunca debe coincidir o ser posterior al diseño del logotipo. Unanimidad pura y dura.
El nombre, entonces, es clave:
- Es el mejor embajador de tu marca.
- Es la tarjeta de presentación que el cliente va a retener en su memoria.
- Es la pieza ‘madre’ de cualquier estrategia de negocio.
- Es lo más visto, oído, escrito y repetido.
- En definitiva, el nombre es uno de los elementos de marketing más importantes de una empresa.
Por todas estas razones, el nombre de una empresa debe recuperar el lugar que se merece: deja de pensar que sólo se trata de poner un nombre, que también, sino que va mucho más allá.
Además de ser el nombre que da forma a tu marca, a tu imagen y a todos los elementos del branding en general, es lo que te representa, es cómo te va a llamar la gente, cómo te va a conocer e, incluso, cómo te va a elegir.
Esto es algo muy serio, my friend 😉
El nombre como fuente de inspiración
Entonces ya tenemos respuesta a la pregunta del principio: EL NOMBRE ES ANTES QUE EL LOGO, y tiene que servir de ‘saco de ideas’ para, después, crear la identidad visual de una marca, y no al revés.
Nunca hay que seleccionar un nombre en base a un logo, ya que esto podría condicionar, y mucho, el resultado del ejercicio de naming. Además, de una forma u otra, cualquier nombre puede transformarse en un logotipo.
El nombre es una FUENTE DE INSPIRACIÓN. ¡No lo olvides!
Prueba de esto que estamos hablando es la multitud de marcas que existen en el mundo cuyo logotipo queda reducido, con más o menos acierto, al propio nombre o a las iniciales del mismo. Por ejemplo, se nos vienen a la cabeza Calvin Klein, Kodak, Louis Vuitton, Honda, Gucci, Canon, Ives Saint Laurent…, y un largo etcétera.
Nombre y logotipo, ese matrimonio bien avenido
Sin embargo, que el proceso de construcción de la personalidad corporativa de una compañía tenga que iniciarse por el nombre no quiere decir que el resto de componentes del ejercicio de naming sean secundarios, ni mucho menos.
Para que lo entiendas, únicamente se trata de establecer un orden de ejecución entre elementos que tienen igual importancia y que son sobre los que se va a sustentar una marca.
Una marca que, por cierto, necesita ser verbal y visual al mismo tiempo.
Todo nombre, por tanto, necesita de un dibujo que lo explique, aunque el dibujo no deba ni tenga por qué hacer referencia a ese nombre.
¿Lioso? Vamos a tirar de un ejemplo real, que siempre ayuda:
¿Crees que alguien al ver un cocodrilo, así de primeras, sin tener más datos, pensaría que está ante el logo de una marca de ropa? En apariencia, una cosa no tiene que ver con la otra. Pero cuando un logo y un nombre ‘casan’, la relación funciona de cine.
Por muy raro que parezca, ante un nombre y un icono sin nada en común, con el tiempo, se produce un efecto psicológico en el que nuestra mente asocia lo que está junto.
Además, se fomenta un sistema de imagen-texto que facilita que al leer y verbalizar la marca junto al logotipo reforcemos nuestra capacidad de recordarlo.
¿Por qué Apple se llama Apple?
Como colofón a este post sobre el naming y su importancia, vamos a ver el caso de la archiconocida marca Apple, que ha traspasado fronteras y que en la actualidad es reconocida por todo el mundo.
Nos viene al pelo porque refleja a la perfección lo que estamos tratando.
Rondaba el año 1976 cuando Jobs y Wozniak decidieron fundar su primera empresa, y empezaron por el principio, claro: ¿cómo la llamamos?
No tuvieron un ‘NameList’ al uso, sino que barajaron tres nombres:
Uno de ellos fue ‘Matrix’, haciendo referencia a la matriz de puntos de una pantalla. Muy descriptivo y enfocado en los valores tecnológicos de la marca.
Otro fue ‘Executek’, un neologismo surgido a partir de una palabra técnica y propia del sector.
Pero éstos dos fueron descartados y es cuando entró en juego ‘Apple’, el nombre que menos tenía que ver con la parte tangible de la marca, pero que fue el que finalmente triunfó (y el nombre que registraron, claro). Steve Jobs, de hecho, contó la historia en numerosas ocasiones:
Esto demuestra cómo los nombres conceptuales ayudan a establecer con el paso del tiempo una identidad más fuerte que los descriptivos. De hecho, Apple es un nombre descriptivo en el sector de la fruta -aunque pase completamente desapercibido-, pero no lo es enmarcado en la categoría de la tecnología, de ahí su éxito.
¿Y qué viene después del nombre?
¡Muy bien, el logo!
Antes del celebérrimo icono actual, la famosa manzana mordida en color gris, Apple tuvo otros dos, pero esto ya lo dejamos para otro día 😉